Mi Caribe

Siempre he amado el agua, y muchas veces imaginé que mi vida ideal sería junto a la playa. Llevo un par de años viviendo en Cancún y debo decir que cada día crece una pasión desmedida en mi corazón por Mi Caribe. Digo que es “mío” por dos razones:

La primera es porque tengo la firme convicción que diario cuando lo saludo, se pone guapo y se viste de todos los tonos azules que le combinen con el sol y el cielo.

La segunda es porque él me conoce bien, ha visto, besos, lágrimas, risas, le he presentado a mis amigos, a mis hermanas, a mis amores, hasta me ha visto dormir en una tienda de campaña y cuando me despierto al alba con mi cabello hecho marañas.

Yo por mi parte, también lo conozco; sus playas, sus colores, sus cielos estrellados y atardeceres púrpuras no los he podido encontrar en ningún lugar del mundo, y vaya que tengo un alma gitana y una maleta preparada en mi recámara.

Lo amo, profunda, suave y eternamente. El Mar Caribe se ha convertido en Mi Hogar.

Nado con el Tiburón Ballena

Siempre he tenido fobia a los tiburones, yo soy de las personas que cuando escucha el “tururu” en las películas relacionadas con el mar… prefiere taparse los ojos. Ni siquiera me gusta verlos en caricatura, aunque tengan cara simpática. Por su mirada malévola, sus dientes afilados, sus horribles aletas, y su fama de carnívoros asesinos, se me hacen “criaturas del demonio”.

Por otro lado, me encanta estar viva, no me agrada decir que “no me gusta” algo si nunca lo he intentado, si no conozco, si no he abierto mi mente a nuevas posibilidades, me apasiona lo desconocido; y sí, la vida se pasa muy rápido y es muy bella como para no arriesgarse.

Esta vez… me invitaron a nadar con el Tiburón Ballena en aguas abiertas del Mar Caribe. Qué bueno que dejé mis prejuicios y miedos a un lado porque si dijera que esta fue una de las mejores experiencias de mi vida, estaría en lo cierto, pero me quedaría muy corta.

El maravilloso día comenzó con el saludo mañanero del sol y de todos los colores que acostumbra tener Cancún durante el verano, y en realidad… siempre.

Desde mi ciudad, salimos a carretera hacia el norte con dirección a Isla Blanca. Unos 30 minutos después llegamos a un muelle con palmeras y palapas donde nos empezaron a dar indicaciones, tips y una breve descripción de estas criaturas marinas que muy pronto conoceríamos cara a cara.

Después de tomar pastillas para el mareo, subimos a un barco pesquero. El guía nos explicó la facilidad que los marineros tienen para identificar las condiciones del clima, de la marea y de visualizar toda clase de ser vivo que se le ocurra salir a la superficie. Ellos no necesitan brújula, prácticamente dominan lo que ocurrirá aquél día sólo por el viento y las nubes.

El mar estaba tranquilo, y al ir navegándolo, era como ir recorriendo caminos de todos los azules del mundo. Dejaba que el viento me despeinara, me detenía en un mástil y fijaba mi vista hacia las profundidades del agua, por si en una de esas podría ver alguna criatura marina en su hábitat natural. Y sí, tuve la suerte de ver una tortuga marina, enorme y preciosa, respirando y volviendo a zambullirse.

No tardamos mucho en localizar al grupo de tiburones, estaban a unos 20 minutos del punto donde salimos. Creo que mi corazón empezaba a brincar de emoción, ya no tenía miedo.  A lo lejos vimos muchos barquitos iguales al nuestro y cientos de aletas… sí, cientos. ¡Calculamos unos 150 ó 200 Tiburones Ballena!

Equipo de snorkel: visor, chaleco, aletas, y… ¡al agua patos!

Wow… parecía que estaba viendo un documental en Discovery Channel. No lo podía creer, aquellas criaturas estaban tal vez 10 veces más grandes que yo. Eran unas máquinas enormes y perfectas, nadando con mucha…mucha calma. No se inmutaban porque nosotros estuviéramos cerca de ellos, seguían comiendo plancton y huevecitos del pez “Bonito”, llenando sus barrigas y luciendo su majestuosidad frente a seres humanos atontados por su belleza.

Nadamos tal vez unas 5 veces con ellos, siempre fue emocionante: a veces teníamos que perseguirlos porque de un aletazo dejábamos de verlos, a veces nadábamos junto a uno y frente a nosotros ya teníamos a otro, a veces nos topábamos con sus grandes mandíbulas mientras ellos las abrían para comer (aunque claro, a pesar de ser ellos vegetarianos, temíamos que en una de esas nos tragaran como a Pinocho).

¿Qué me llevé? Muchos huevecitos diminutos pegados a mi cabello y una experiencia para el resto de mi vida que nada más me confirma la perfección e inmensidad de la naturaleza. Nunca olvidaré al Tiburón Ballena, ahora es de mis animales favoritos, y por supuesto no me arrepiento de haber nadado con él.

Capitan Hook

¡Ahoy Piratas, a navegar las aguas Caribe!

Vivo junto al mar. Entre tantas inquietudes al cambiar de paisaje y aires (vivía antes en la ciudad) alguna vez me pregunté cómo sería tener una vida de pirata, cómo eran sus aventuras cruzando los sietes mares entre bucaneros y monedas de oro. Si bien es cierto que la historia real puede resultar interesante, me pareció más divertido hacer volar mi imaginación en uno de los tours más famosos aquí en Cancún: El Capitan Hook.

Siempre que pasaba junto al muelle en mi auto, veía los galeones acallando a la orilla de la playa, y después cuando caía la noche alumbraban sus mástiles y zarpaban a alta mar llenos de turistas y una tripulación muy parecida a los Piratas del Caribe.

Un día decidí ser parte de esta aventura en el Perla Negra. Me vestí de pirata: paliacate, parche en el ojo, falda gitana, corsé y aretes grandes. Me dirigí al Embarcadero de la Zona Hotelera y anhelé con todo mi corazón de niña, adentrarme a un mundo mágico muy parecido al país de Nunca Jamás (bueno, tal vez sin sirenas y sin apaches).

Fue una noche espectacular, no cambiaría nada:

Nos recibió la tripulación del barco, muy en su papel, disfrazados de monstruos, piratas mugrosos, mujeres piratas sensuales y por supuesto no faltó el Capitán Sparrow.  El barco me encantó; era estilo Galeón, bandera negra con una calavera y banquitas de madera en todas las orillas.

Los piratas no tardaron en amenizar con buena música, cuentos, chistes, y juegos.

Al anocher, bajo una luna radiante, fuimos parte de la historia de piratas del gran Capitan Sparrow y su eterno rival, el Capitan Hook, y su eterna guerra por el Tesoro. Nosotros éramos su tripulación, nosotros luchábamos por conservar nuestras joyas y el dominio del Mar Caribe.

Entre risas, unas cuantas margaritas, una cena deliciosa de filete de carne ó langosta, y después de sacarle brillo al piso al ritmo de música latina, el tiempo se pasó muy rápido; poco antes de media noche regresamos al muelle con una gran sonrisa al saber que habíamos sido parte de una gran aventura muy lejos de nuestra vida cotidiana.

Aquella noche es y será irrepetible.

Venecia

Día 15

Ya con nuestros boletos a Madrid para el día siguiente, necesitábamos un lugar para pasar la noche. Un hostal fue la solución, barato pero a una hora y media del aeropuerto.

Milagrosamente alcanzó la tarjeta para nuestro hospedaje, lo demás ya no tenía mucha importancia. A las 3 de la tarde nos preparabamos para dormir, ya no podíamos más.

Venecia, un destino que no contemplabamos nos arrullaría esa tarde.
-Hey, despierta, tengo hambre, voy a ir a comer algo.- Me dijo
Me asusté un poco porque yo seguía profundamente dormida y le dije “Pero no vayas sola, vámonos, te acompaño”.-Sólo tengo 10 euros, a ver para qué nos alcanza.-

A mí no me importaba quedarme sin comer con tal de que ella llenara su pancita y estuviera mejor. Afortunadamente nos alcanzó para una pizza pequeña. Comí una rebanada y cuando ella terminó su primera , le pregunté si iba a estar satisfecha con su mitad, si no para dejarle mi segunda rebanada, pero me dijo que sí, así que ambas comimos y quedamos satisfechas.

Venecia, fue como un bálsamo al alma después de aquél día tal difícil. Pudimos observar uno de los atardeceres más bellos que recuerde detrás de las idílicas góndolas, sentimos el aire fresco de sus calles de agua, comimos un sabrosogelatto di frutti di bosco y escuchamos la hermosa melodía de un violin en la Plaza de San Marcos.

Lloramos, felices.

Fin del día

No nos hicieron ningun reembolso por el vuelo perdido y tampoco nos alcanzaba para comprar 2 boletos nuevos de 130 euros cada uno. No sabíamos si encontraríamos algún lugar barato para pasar la noche y nuestros cuerpos no respondían más. No habíamos dormido ni comido en 40 horas.

Traté de ser fuerte para ella pero yo también tenía miedo y estaba desolada. De repente tuve unas ganas tremendas de que alguien me consolara y nos dijera que todo estaría bien, tal vez mi papá, o mi mamá, quería ir a casa. Quería dormir en mi cama y despertar despreocupada. Quería comer el guiso que ella acostumbra hacerme antes de ir a trabajar, quería un baño de agua caliente y su olor a frutas. Quería su sonrisa, quería verla dormir mucho antes que acabara una película, quería respirar el mar, quería verla comer palomitas, quería verla emocionada manejar mi bici, que ya es suya también, quería adivinar las figuras de las nubes que pasan rápido, quería reirme fuerte y tomarme un café Pandora.

De pronto recordé que llevaba mi tarjeta de nómina. La había cargado todo el viaje por si ocurría algo como esto. ¿Me alcanzaría?

Cuando pasó la tarjeta por la maquinita para cerrar la operación, rogué mil veces para que alcanzara. Gasté toda una quincena de trabajo, pero pasó y entonces pudimos respirar.

Un día difícil

Día 13

Después de casi 4 horas de espera el tren finalmente llegó.
Para nuestra desgracia venía repleto y la única cabina desocupada tenía al menos 20 latas de cerveza vacías y tiradas en el piso y por supuesto un penetrante olor a cebada y charcos marrones en el piso. Nos quedamos ahí, no teníamos otra opción.

Por cierto, desde la estación nos acompañaba un chico serbio que se rió con nosotros por el incidente del borrachito y nos platicaba lo arrepentido que estaba de no haber tomado su coche. Al menos no estábamos tan solas, pero la realidad es que la mitad de lo que dije o de lo que él dijo no lo recuerdo y no precisamente porque yo haya sido la que se tomó las 20 latas del piso, sino porque estaba en exceso cansada.

No pude dormir absolutamente NADA en el tren, ni siquiera 5 minutos. Se me iba la cabeza y mis ojos estaban irritados, pero estaba preocupada y además me dio por velar el sueño de mi hermana, casi pude disfrutarlo tanto como ella, me gusto observarla en paz mientras de vez en vez recorría los paisajes campestres de Eslovenia y después de Italia.

A las 10 am llegamos a Venecia. Tenía la esperanza que el vuelo se hubiera retrasado, pero no fue así, al llegar al aeropuerto nos informaron que lo habíamos perdido.

Frío, sueño, hambre

Creo que no entiendo muy bien por qué las cosas resultan así, pero hoy fue un día extremadamente largo, triste y falto de cariño.

A las 2:30 am salía nuestro tren y tal vez por el cansancio y preocupación no logré conciliar el sueño.

Me quedé tranquila porque tendríamos 5 horas de viaje para que yo pudiera dormir un poco. Llegaríamos a las 7 am a Venecia y tomaríamos el avión a Madrid a las 10 am y llegar a la 1 pm. Ya en Madrid podría bañarme y dormir en una cama cómoda y esperar el día siguiente para regresar a México. Ese era el plan, ah, pero nada resultó como lo esperábamos.

A las 2 am estábamos puntuales en la estación del tren. El frío nos calaba pero aguantabamos porque estabamos por irnos. Nos tomamos fotos, sólo para ver nuestras caras desveladas en una estación de Eslovenia, oscura, sola y fría.

A las 2:30 se escuchó “El tren Budapest-Venecia” tiene 120 minutos de retraso”. Volví a escuchar para ver si me estaba equivocando. Seguramente había dicho 20 y no 120, y tal vez no era nuestro tren, ¡era otro, seguro! Escuché el mismo mensaje 3 veces, pero a pesar de entender poco el inglés con acento húngaro, una y otra vez escuchaba “Venecia“.

Luego me dio por las matemáticas, 120 minutos eran 2 horas… No puede ser, ¡2 horas!

Así esperamos 2 horas en el frío, rogando al cielo porque el tren llegara a tiempo para tomar nuestro avión.

La abrazaba porque ella tenía frío, y al darle calor, ella me daba también a mí. Estábamos tranquilas, Dios nos cuidaba, lo sentíamos cerca.

Pasaron los minutos y observábamos a las demás personas que esperaban el mismo tren. Algunos dormían sobre sus maletas, las parejas afortunadas se abrazaban para cubrirse del frío y los que iban solos, titiritaban y sacaban vapor cálido cuando respiraban.

Había un hombre tal vez de unos 60 o 65 años, canoso, que dormía placidamente porque su mejor aliado en ese momento era el alcohol. Él era el único bendito entre todos: roncaba y parecía que no tenía frío. No llevaba maletas como todos nosotros, seguramente la estación era su hogar. ¡Ah, qué hermoso estar en tu hogar! No importa si es tan feo como esa estación de tren.

El señor, sin quererlo, nos hizo reir. Su ronquido era tan estruendoso que hacía eco en el pasillo, donde todos los invitados a su palacio nos encontrabamos.De pronto despertó, parecía no saber dónde estaba (me decepcionó, pensé que esa era su casa) y se tambaleaba como si el sueño no le hubiera ayudado para recuperar sobriedad.
A un lado se encontraba un joven viajero con maletas, igual que nosotros, que dormía.

El hombre lo observó y notó que tenía una cobija roja. No desaprovechó la oportunidad y con mucho cuidado ( con todo y sus copas de más) le quitaba poco a poco su cobertor que definitivamente era calientito.
¡Me volvió a decepcionar! ¡Pensé que además de estar en su hogar podía soportar el frío!

El muchacho se despertó repentinamente al sentir que le quitaban su preciado tesoro cobertor (“tesoro” porque nadie más tenía, y sin embargo, todos hubiéramos pagado 10 euros o más por uno) y echó al pobre borrachito.

Reíamos, y reíamos mucho.