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Xplor Cancun

El corazón de la naturaleza late fuerte en Xplor Cancun, un parque de aventura todo incluido en la Riviera Maya, a unos 45 minutos de Cancun. Si tuviera que elegir una aventura sería esta. Nunca había sentido tanta emoción, adrenalina y asombro en un mismo día. Tirolesas, vehículos anfibios, balsas de rafting, nado en ríos subterráneos, son las increíbles actividades que practiqué en este espacio de hectáreas y hectáreas de paisajes verdes, universos de cavernas y formaciones rocosas.

La camioneta de Xplor, con un bonito estampado de camuflage, nos pasó a recoger al punto de encuentro de Experiencias Xcaret que se localiza a un costado de Plaza Caracol en la Zona Hotelera de Cancun. Después de un viaje de aproximadamente 45 minutos llegamos a Xplor.

Lo primero que cautivó mis sentidos fue la entrada de Xplor Cancun: En el centro de un ambiente de cavernas subterráneas se encontraba un enorme corazón –de unos 4 metros de altura- de azulejo rojo que palpitaba al mismo ritmo que la vida a mí alrededor. No tardé mucho en entender que era una analogía del propio llamado que nos hace la Tierra para escucharla. Me desafané de mi rutina, dejé mis temores y mi corazón comenzó a palpitar al mismo compás que la naturaleza; yo era parte de ella y ella de mí.

Unos minutos después, nos condujeron a una palapa en medio de un riachuelo. Ahí nos regalaron licuados energizantes y galletas de avena. Haré una pausa por los licuados, porque son la cosa más deliciosa del mundo: tienen mucha variedad y todos ellos son una mezcla de ingredientes como fresa, plátano, crema de cacahuate, piña, aguacate, etc. Después de tomarme mi licuado llamado “Tirolesa”, con toda la energía y emoción, estaba lista para comenzar la aventura.

Comencé con las tirolesas. Ya con mi casco y equipo de arnés (bastante seguro por cierto, lo usan incluso los alpinistas) subí la primera torre de 45 metros de altura. El guía explicó que Xplor Cancun tiene las tirolesas más altas y largas de la región, con 2 circuitos de 7 tirolesas cada uno y que todas ellas cuentan con doble línea y con un sistema de frenado que funciona con amortiguadores (no como las tradicionales que sólo te cuelgan de una cuerda y que tú solito tienes que frenar).

La vista era impresionante, se veía el Parque Xcaret de un lado y el Mar Caribe bañando la Isla de Cozumel del otro lado. Debajo de mis pies se extendían hermosas áreas verdes y arroyuelos. Detuve mi respiración y me lanzaron. Grité un poco pero después, extendí mis brazos y quise volar, volar muy alto. Así, unas 14 veces hasta que terminé los 2 circuitos. A veces aterrizaba en tierra, a veces aterrizaba en agua, a veces para cruzar de una torre a otra tenía que pasar por toboganes de agua, y otras tantas subir escalones.

Después de las tirolesas el recorrido continuó por los ríos subterráneos. Además del casco que ya me habían dado, me pidieron ponerme un chaleco salvavidas. La razón de que el equipo de seguridad sea obligatorio es porque aunque muchos sabemos nadar, la profundidad del agua puede llegar a los 6 metros y como el agua es un poco fría… los calambres son comunes. Estalactitas, estalagmitas, piedras aperladas, agua cristalina y silencio… sólo eso. ¿Podía pedir más?

Creía que no, pero me seguían sorprendiendo, porque a medio día, cuando mi estómago ya me empezaba a gritar que sus reservas se habían agotado, llegué al área de comida. Aquello era un banquete: ensaladas de todo tipo, verduras, coctel de camarón, arrachera, quesos, fruta, pastas, helado de zarzamora o guanábana… No, no tuve tregua. Tanto así que después me tuve que tomar un café.

Panza llena, corazón contento. Era momento de continuar la aventura. Recorrí otro río subterráneo pero en una balsa o rafting tipo kayak. Las paletas o remos son manuales, es decir, no tienen tronco o palo porque los túneles subterráneos son tan angostos que no cabrían. La experiencia es bastante interesante pero debo confesar que me falta mucho aprender sobre coordinación porque siempre chocaba contra todas las rocas, espero no haber afectado alguna estalactita que llevara millones de años formándose.

Finalmente me subí a un vehículo anfibio (es como un jeep pequeño) y recorrí el circuito diseñado para esta actividad. Es adentrarse a la selva y entre matorrales y curvas del camino sin pavimentar, de pronto te encuentras con cavernas, enciendes los focos e intentas grabar y respirar cada detalle de la hermosa Creación.

Sudada, llena de polvo, con ampollas en la planta de los pies, con cansancio pero mucha mucha felicidad, terminé uno de los mejores días de mi vida.

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Mi Caribe

Siempre he amado el agua, y muchas veces imaginé que mi vida ideal sería junto a la playa. Llevo un par de años viviendo en Cancún y debo decir que cada día crece una pasión desmedida en mi corazón por Mi Caribe. Digo que es “mío” por dos razones:

La primera es porque tengo la firme convicción que diario cuando lo saludo, se pone guapo y se viste de todos los tonos azules que le combinen con el sol y el cielo.

La segunda es porque él me conoce bien, ha visto, besos, lágrimas, risas, le he presentado a mis amigos, a mis hermanas, a mis amores, hasta me ha visto dormir en una tienda de campaña y cuando me despierto al alba con mi cabello hecho marañas.

Yo por mi parte, también lo conozco; sus playas, sus colores, sus cielos estrellados y atardeceres púrpuras no los he podido encontrar en ningún lugar del mundo, y vaya que tengo un alma gitana y una maleta preparada en mi recámara.

Lo amo, profunda, suave y eternamente. El Mar Caribe se ha convertido en Mi Hogar.

Nado con el Tiburón Ballena

Siempre he tenido fobia a los tiburones, yo soy de las personas que cuando escucha el “tururu” en las películas relacionadas con el mar… prefiere taparse los ojos. Ni siquiera me gusta verlos en caricatura, aunque tengan cara simpática. Por su mirada malévola, sus dientes afilados, sus horribles aletas, y su fama de carnívoros asesinos, se me hacen “criaturas del demonio”.

Por otro lado, me encanta estar viva, no me agrada decir que “no me gusta” algo si nunca lo he intentado, si no conozco, si no he abierto mi mente a nuevas posibilidades, me apasiona lo desconocido; y sí, la vida se pasa muy rápido y es muy bella como para no arriesgarse.

Esta vez… me invitaron a nadar con el Tiburón Ballena en aguas abiertas del Mar Caribe. Qué bueno que dejé mis prejuicios y miedos a un lado porque si dijera que esta fue una de las mejores experiencias de mi vida, estaría en lo cierto, pero me quedaría muy corta.

El maravilloso día comenzó con el saludo mañanero del sol y de todos los colores que acostumbra tener Cancún durante el verano, y en realidad… siempre.

Desde mi ciudad, salimos a carretera hacia el norte con dirección a Isla Blanca. Unos 30 minutos después llegamos a un muelle con palmeras y palapas donde nos empezaron a dar indicaciones, tips y una breve descripción de estas criaturas marinas que muy pronto conoceríamos cara a cara.

Después de tomar pastillas para el mareo, subimos a un barco pesquero. El guía nos explicó la facilidad que los marineros tienen para identificar las condiciones del clima, de la marea y de visualizar toda clase de ser vivo que se le ocurra salir a la superficie. Ellos no necesitan brújula, prácticamente dominan lo que ocurrirá aquél día sólo por el viento y las nubes.

El mar estaba tranquilo, y al ir navegándolo, era como ir recorriendo caminos de todos los azules del mundo. Dejaba que el viento me despeinara, me detenía en un mástil y fijaba mi vista hacia las profundidades del agua, por si en una de esas podría ver alguna criatura marina en su hábitat natural. Y sí, tuve la suerte de ver una tortuga marina, enorme y preciosa, respirando y volviendo a zambullirse.

No tardamos mucho en localizar al grupo de tiburones, estaban a unos 20 minutos del punto donde salimos. Creo que mi corazón empezaba a brincar de emoción, ya no tenía miedo.  A lo lejos vimos muchos barquitos iguales al nuestro y cientos de aletas… sí, cientos. ¡Calculamos unos 150 ó 200 Tiburones Ballena!

Equipo de snorkel: visor, chaleco, aletas, y… ¡al agua patos!

Wow… parecía que estaba viendo un documental en Discovery Channel. No lo podía creer, aquellas criaturas estaban tal vez 10 veces más grandes que yo. Eran unas máquinas enormes y perfectas, nadando con mucha…mucha calma. No se inmutaban porque nosotros estuviéramos cerca de ellos, seguían comiendo plancton y huevecitos del pez “Bonito”, llenando sus barrigas y luciendo su majestuosidad frente a seres humanos atontados por su belleza.

Nadamos tal vez unas 5 veces con ellos, siempre fue emocionante: a veces teníamos que perseguirlos porque de un aletazo dejábamos de verlos, a veces nadábamos junto a uno y frente a nosotros ya teníamos a otro, a veces nos topábamos con sus grandes mandíbulas mientras ellos las abrían para comer (aunque claro, a pesar de ser ellos vegetarianos, temíamos que en una de esas nos tragaran como a Pinocho).

¿Qué me llevé? Muchos huevecitos diminutos pegados a mi cabello y una experiencia para el resto de mi vida que nada más me confirma la perfección e inmensidad de la naturaleza. Nunca olvidaré al Tiburón Ballena, ahora es de mis animales favoritos, y por supuesto no me arrepiento de haber nadado con él.

Capitan Hook

¡Ahoy Piratas, a navegar las aguas Caribe!

Vivo junto al mar. Entre tantas inquietudes al cambiar de paisaje y aires (vivía antes en la ciudad) alguna vez me pregunté cómo sería tener una vida de pirata, cómo eran sus aventuras cruzando los sietes mares entre bucaneros y monedas de oro. Si bien es cierto que la historia real puede resultar interesante, me pareció más divertido hacer volar mi imaginación en uno de los tours más famosos aquí en Cancún: El Capitan Hook.

Siempre que pasaba junto al muelle en mi auto, veía los galeones acallando a la orilla de la playa, y después cuando caía la noche alumbraban sus mástiles y zarpaban a alta mar llenos de turistas y una tripulación muy parecida a los Piratas del Caribe.

Un día decidí ser parte de esta aventura en el Perla Negra. Me vestí de pirata: paliacate, parche en el ojo, falda gitana, corsé y aretes grandes. Me dirigí al Embarcadero de la Zona Hotelera y anhelé con todo mi corazón de niña, adentrarme a un mundo mágico muy parecido al país de Nunca Jamás (bueno, tal vez sin sirenas y sin apaches).

Fue una noche espectacular, no cambiaría nada:

Nos recibió la tripulación del barco, muy en su papel, disfrazados de monstruos, piratas mugrosos, mujeres piratas sensuales y por supuesto no faltó el Capitán Sparrow.  El barco me encantó; era estilo Galeón, bandera negra con una calavera y banquitas de madera en todas las orillas.

Los piratas no tardaron en amenizar con buena música, cuentos, chistes, y juegos.

Al anocher, bajo una luna radiante, fuimos parte de la historia de piratas del gran Capitan Sparrow y su eterno rival, el Capitan Hook, y su eterna guerra por el Tesoro. Nosotros éramos su tripulación, nosotros luchábamos por conservar nuestras joyas y el dominio del Mar Caribe.

Entre risas, unas cuantas margaritas, una cena deliciosa de filete de carne ó langosta, y después de sacarle brillo al piso al ritmo de música latina, el tiempo se pasó muy rápido; poco antes de media noche regresamos al muelle con una gran sonrisa al saber que habíamos sido parte de una gran aventura muy lejos de nuestra vida cotidiana.

Aquella noche es y será irrepetible.

Río Secreto

Un viaje al centro de la Tierra

A unos 20 minutos de Playa del Carmen y 40 minutos de Cancún, conocí una de las grandes obras de la naturaleza: Río Secreto, una gruta subterránea que parece el mismísimo recinto de los antiguos espíritus mayas.

El día estuvo perfecto en la Riviera Maya para una aventura en aquél palacio subterráneo de ríos azules, formaciones brillantes como diamantes, y el suspiro silencioso de la Madre Tierra. Olvidaría cualquier pensamiento que pudiera provocarme ansiedad, quería ser parte de la naturaleza y entenderla.

Después de una caminata de 20 minutos a través de la selva, llegamos a una explanada.  Un guía nos dio la bienvenida y nos proporcionó el equipo necesario para garantizar nuestra seguridad y comodidad. Para descender al Río Secreto, no se requiere de mucho: Un casco con linterna, un traje de neopreno y unos zapatos antiderrapantes.

Vimos entonces un pequeño orificio en el suelo que parecía no tener fondo.  Descendimos unos cuantos metros hasta llegar a una cámara que parecía la entrada del centro de la tierra. Nos sentamos sobre algunas rocas, con tanto cuidado como si estuvieran hechas de cristal, y así evitar cualquier daño a este espacio tan perfectamente diseñado por la mano del Creador.

Percibíamos de vez en cuando algunos aleteos de murciélagos sobre nuestras cabezas y olíamos el resultado de una mezcla de humedad y pureza, mientras escuchábamos atentos la explicación del delicado proceso de formación de grutas como esa.

No pudimos contener nuestro asombro al ver la primera de las tantas galerías que esconde el subsuelo. El suelo es de un blanco aperlado por la cantidad de calcio que almacena, y está cubierto por agua tan cristalina que ni siquiera se distingue el punto exacto donde termina el área seca. Sus senderos no son peligrosos ni profundos, muy rápido te haces parte de este mundo transparente y místico.

Parece que algunas formaciones estuvieran salpicadas con polvo de estrellas y que el agua de los cenotes fuera realmente sagrada. El explorador de Río Secreto fue muy atinado al decir que el lugar que por breves momentos nos pertenecía, era un “atajo a la luna, una joyería de plata y oro”.

Estábamos en un lugar más allá de la tierra, o mejor dicho, muy dentro de ella. Por momentos escuchábamos el respiro del planeta, el sonido de las goteras naturales, ecos profundos que llenaban nuestra mente de paz. Después vimos un ojo de luz no muy lejos de la última galería, sabíamos que nos dirigíamos de nuevo a la superficie.

Al final de esta mágica travesía, cuando los rayos de sol volvían a calentarnos lentamente, de tanto oxígeno que había llenado nuestro pulmones distinguimos el aroma de cada ser vivo, inhalábamos al mismo tiempo que nuestra amada Tierra y que todo lo que en ella respira; y de tantos tonos satinados y blancos, percibimos con agudeza los mil verdes de todo lo que nos rodeaba.