Archivo mensual: julio 2010

Nado con el Tiburón Ballena

Siempre he tenido fobia a los tiburones, yo soy de las personas que cuando escucha el “tururu” en las películas relacionadas con el mar… prefiere taparse los ojos. Ni siquiera me gusta verlos en caricatura, aunque tengan cara simpática. Por su mirada malévola, sus dientes afilados, sus horribles aletas, y su fama de carnívoros asesinos, se me hacen “criaturas del demonio”.

Por otro lado, me encanta estar viva, no me agrada decir que “no me gusta” algo si nunca lo he intentado, si no conozco, si no he abierto mi mente a nuevas posibilidades, me apasiona lo desconocido; y sí, la vida se pasa muy rápido y es muy bella como para no arriesgarse.

Esta vez… me invitaron a nadar con el Tiburón Ballena en aguas abiertas del Mar Caribe. Qué bueno que dejé mis prejuicios y miedos a un lado porque si dijera que esta fue una de las mejores experiencias de mi vida, estaría en lo cierto, pero me quedaría muy corta.

El maravilloso día comenzó con el saludo mañanero del sol y de todos los colores que acostumbra tener Cancún durante el verano, y en realidad… siempre.

Desde mi ciudad, salimos a carretera hacia el norte con dirección a Isla Blanca. Unos 30 minutos después llegamos a un muelle con palmeras y palapas donde nos empezaron a dar indicaciones, tips y una breve descripción de estas criaturas marinas que muy pronto conoceríamos cara a cara.

Después de tomar pastillas para el mareo, subimos a un barco pesquero. El guía nos explicó la facilidad que los marineros tienen para identificar las condiciones del clima, de la marea y de visualizar toda clase de ser vivo que se le ocurra salir a la superficie. Ellos no necesitan brújula, prácticamente dominan lo que ocurrirá aquél día sólo por el viento y las nubes.

El mar estaba tranquilo, y al ir navegándolo, era como ir recorriendo caminos de todos los azules del mundo. Dejaba que el viento me despeinara, me detenía en un mástil y fijaba mi vista hacia las profundidades del agua, por si en una de esas podría ver alguna criatura marina en su hábitat natural. Y sí, tuve la suerte de ver una tortuga marina, enorme y preciosa, respirando y volviendo a zambullirse.

No tardamos mucho en localizar al grupo de tiburones, estaban a unos 20 minutos del punto donde salimos. Creo que mi corazón empezaba a brincar de emoción, ya no tenía miedo.  A lo lejos vimos muchos barquitos iguales al nuestro y cientos de aletas… sí, cientos. ¡Calculamos unos 150 ó 200 Tiburones Ballena!

Equipo de snorkel: visor, chaleco, aletas, y… ¡al agua patos!

Wow… parecía que estaba viendo un documental en Discovery Channel. No lo podía creer, aquellas criaturas estaban tal vez 10 veces más grandes que yo. Eran unas máquinas enormes y perfectas, nadando con mucha…mucha calma. No se inmutaban porque nosotros estuviéramos cerca de ellos, seguían comiendo plancton y huevecitos del pez “Bonito”, llenando sus barrigas y luciendo su majestuosidad frente a seres humanos atontados por su belleza.

Nadamos tal vez unas 5 veces con ellos, siempre fue emocionante: a veces teníamos que perseguirlos porque de un aletazo dejábamos de verlos, a veces nadábamos junto a uno y frente a nosotros ya teníamos a otro, a veces nos topábamos con sus grandes mandíbulas mientras ellos las abrían para comer (aunque claro, a pesar de ser ellos vegetarianos, temíamos que en una de esas nos tragaran como a Pinocho).

¿Qué me llevé? Muchos huevecitos diminutos pegados a mi cabello y una experiencia para el resto de mi vida que nada más me confirma la perfección e inmensidad de la naturaleza. Nunca olvidaré al Tiburón Ballena, ahora es de mis animales favoritos, y por supuesto no me arrepiento de haber nadado con él.

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