Frío, sueño, hambre

Creo que no entiendo muy bien por qué las cosas resultan así, pero hoy fue un día extremadamente largo, triste y falto de cariño.

A las 2:30 am salía nuestro tren y tal vez por el cansancio y preocupación no logré conciliar el sueño.

Me quedé tranquila porque tendríamos 5 horas de viaje para que yo pudiera dormir un poco. Llegaríamos a las 7 am a Venecia y tomaríamos el avión a Madrid a las 10 am y llegar a la 1 pm. Ya en Madrid podría bañarme y dormir en una cama cómoda y esperar el día siguiente para regresar a México. Ese era el plan, ah, pero nada resultó como lo esperábamos.

A las 2 am estábamos puntuales en la estación del tren. El frío nos calaba pero aguantabamos porque estabamos por irnos. Nos tomamos fotos, sólo para ver nuestras caras desveladas en una estación de Eslovenia, oscura, sola y fría.

A las 2:30 se escuchó “El tren Budapest-Venecia” tiene 120 minutos de retraso”. Volví a escuchar para ver si me estaba equivocando. Seguramente había dicho 20 y no 120, y tal vez no era nuestro tren, ¡era otro, seguro! Escuché el mismo mensaje 3 veces, pero a pesar de entender poco el inglés con acento húngaro, una y otra vez escuchaba “Venecia“.

Luego me dio por las matemáticas, 120 minutos eran 2 horas… No puede ser, ¡2 horas!

Así esperamos 2 horas en el frío, rogando al cielo porque el tren llegara a tiempo para tomar nuestro avión.

La abrazaba porque ella tenía frío, y al darle calor, ella me daba también a mí. Estábamos tranquilas, Dios nos cuidaba, lo sentíamos cerca.

Pasaron los minutos y observábamos a las demás personas que esperaban el mismo tren. Algunos dormían sobre sus maletas, las parejas afortunadas se abrazaban para cubrirse del frío y los que iban solos, titiritaban y sacaban vapor cálido cuando respiraban.

Había un hombre tal vez de unos 60 o 65 años, canoso, que dormía placidamente porque su mejor aliado en ese momento era el alcohol. Él era el único bendito entre todos: roncaba y parecía que no tenía frío. No llevaba maletas como todos nosotros, seguramente la estación era su hogar. ¡Ah, qué hermoso estar en tu hogar! No importa si es tan feo como esa estación de tren.

El señor, sin quererlo, nos hizo reir. Su ronquido era tan estruendoso que hacía eco en el pasillo, donde todos los invitados a su palacio nos encontrabamos.De pronto despertó, parecía no saber dónde estaba (me decepcionó, pensé que esa era su casa) y se tambaleaba como si el sueño no le hubiera ayudado para recuperar sobriedad.
A un lado se encontraba un joven viajero con maletas, igual que nosotros, que dormía.

El hombre lo observó y notó que tenía una cobija roja. No desaprovechó la oportunidad y con mucho cuidado ( con todo y sus copas de más) le quitaba poco a poco su cobertor que definitivamente era calientito.
¡Me volvió a decepcionar! ¡Pensé que además de estar en su hogar podía soportar el frío!

El muchacho se despertó repentinamente al sentir que le quitaban su preciado tesoro cobertor (“tesoro” porque nadie más tenía, y sin embargo, todos hubiéramos pagado 10 euros o más por uno) y echó al pobre borrachito.

Reíamos, y reíamos mucho.

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