Fin del día

No nos hicieron ningun reembolso por el vuelo perdido y tampoco nos alcanzaba para comprar 2 boletos nuevos de 130 euros cada uno. No sabíamos si encontraríamos algún lugar barato para pasar la noche y nuestros cuerpos no respondían más. No habíamos dormido ni comido en 40 horas.

Traté de ser fuerte para ella pero yo también tenía miedo y estaba desolada. De repente tuve unas ganas tremendas de que alguien me consolara y nos dijera que todo estaría bien, tal vez mi papá, o mi mamá, quería ir a casa. Quería dormir en mi cama y despertar despreocupada. Quería comer el guiso que ella acostumbra hacerme antes de ir a trabajar, quería un baño de agua caliente y su olor a frutas. Quería su sonrisa, quería verla dormir mucho antes que acabara una película, quería respirar el mar, quería verla comer palomitas, quería verla emocionada manejar mi bici, que ya es suya también, quería adivinar las figuras de las nubes que pasan rápido, quería reirme fuerte y tomarme un café Pandora.

De pronto recordé que llevaba mi tarjeta de nómina. La había cargado todo el viaje por si ocurría algo como esto. ¿Me alcanzaría?

Cuando pasó la tarjeta por la maquinita para cerrar la operación, rogué mil veces para que alcanzara. Gasté toda una quincena de trabajo, pero pasó y entonces pudimos respirar.

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